• 16/10/2021

Septiembre 11, 1973, Santiago, Chile

 Septiembre 11, 1973, Santiago, Chile

Por Gustavo Gac-Artigas

En el cielo azul debieron elevarse los volantines, sueños de niños debían juguetear entre las nubes, el canto de los pájaros debía fundirse con la risa de la gente de mi pueblo, la esperanza cantaba en el corazón de las mujeres de mi pueblo, los muros sonreían ingenuamente celebrando las conquistas del presente y las aspiraciones del futuro.

Era un 11 de septiembre, era un año en equilibrio entre el pasado, el presente y el futuro, era el 1973, el 11 de septiembre de 1973, el país era Chile.

El cielo se oscureció, los aviones de guerra cortaron el hilo de los volantines, el hilo de la esperanza de un pueblo, un general traicionó su juramento, generales desleales le acompañaron, del cielo llovió fuego sobre el palacio de gobierno, sobre mi pueblo.

Era una mañana de primavera, se suponía que el aroma de las flores entraría por las ventanas, en su lugar entró el olor de la pólvora, el olor de la sangre derramada, el grito de dolor de un pueblo, el grito guerrero del ejército de Chile.

Al día siguiente sobre el palacio de gobierno, sobre un techo ennegrecido por el humo, un mástil, y en él, una bandera resistió a las llamas, resistió a las bombas, resistió a la infamia, no flameaba al viento, agachó la cabeza avergonzada.

Ese día no se renunció a la libertad, ese día se escondieron los volantines para poder elevarlos el día en que cayera la dictadura que ensombreció el cielo de Chile. Puro Chile es tu cielo azulado, dicen las primeras estrofas del himno nacional, puro Chile cantaban los verdugos ensuciando el suelo de Chile. Intentando destruir la semilla libertaria de un pueblo, tapaban con vendas los ojos de los torturados para negarles el cielo azulado.

El alma de un poeta moría de pena, tanto era el dolor de su pueblo, y el poeta era puro pueblo. Lo velaron en su casa de amores, La chascona, en las faldas de la cordillera. Destruyeron sus libros y sin quererlo regaron la tierra con sus versos; Neruda se volvió inmortal, el dictador se volvió símbolo universal de la infamia.

Cada uno ocupó su puesto en la historia.

Neruda junto a Allende al lado de los humildes de mi tierra, Pinochet y los suyos al lado del dolor y la crueldad.

Unos construían esperanza, otros destruían la esperanza, unos construían la victoria, otros, los vencedores ese 11 de septiembre, sin saberlo, construían su derrota, grababan sus nombres en las páginas de la historia de la infamia.

Hoy, 47 años más tarde, en un mes de septiembre el cielo azul de mi país se ve surcado por alegres volantines, volantines en alegres manos de niños, desde el fondo de las minas, desde la superficie de los lagos, deslizándose por la cordillera surgirán las voces de la gente de mi pueblo, junto a ellos las sonrisas robadas a los desaparecidos durante la dictadura, los gritos acallados de los torturados, cantando, marchando junto a mi pueblo, y junto a ellos los versos del poeta,

oh primavera,
devuélveme a mi pueblo.
¿Qué haré sin ver mil hombres,
mil muchachas,
qué haré sin conducir sobre mis hombros
una parte de la esperanza?
¿Qué haré sin caminar con la bandera
que de mano en mano en la fila
de nuestra larga lucha
llegó a las manos mías?
Ay Patria, Patria,
ay Patria, ¿cuándo
ay cuándo y cuándo
cuándo
me encontraré contigo?

Y ante los versos de Neruda, que se calle mi pluma.

* Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE). Reside en Nueva Jersey, EE UU.

Related post